25 agosto, 2017

Día 413

Caía la calidez de febrero por la ventana de la heladería cuando el reloj daba las seis. Una sonrisa insinuaba una nueva conexión entre dos viejos extraños que ya no hablaban con tanta timidez, ella lo miraba y se auto-cuestionaba como llego hasta allí mientras que él comprendía que nada era casualidad. Era una relación genuina, que sin querer se empezaron a querer como nunca antes y no había nada ni nadie que pudiera quebrar ese momento. Le hablaba despacio así no se notaba el nerviosismo en su tono de voz y aunque ella no pudiera ver el temblor de sus pies por debajo de la mesa, tenía un sexto sentido para deducir con facilidad la inconstancia de su pulso. Ellos eran compatiblemente distintos, amaban exactamente lo que el otro podía odiar y aún así, coincidían en un mismo significado para las letras A M O R. Los minutos pasaban fugazmente y el helado se consumaba a la espera de un beso furtivo que detuviera el tiempo y la vida misma, y solo fueran ellos dos al son de una canción de amor, que casualmente describiera sus sentimientos a flor de piel. Lo que no se imaginaron de esa cita, es que la vida juntos ya había comenzado desde que sus miradas se cruzaron por primera vez; y el tiempo así lo sentenció a medida que el amor transcurría de sus manos entrelazadas al corazón.

Creo que aunque pasen semanas, meses, años,
yo me seguiré emocionando de tu manera de sonreír,
como si fuera la primera vez.